Somos más resilientes de lo que creemos

En agosto de 1940 Hitler firmó la directiva número 17 en la que ordenaba a la fuerza aérea alemana la destrucción total de la fuerza aérea británica, en un ataque sin precedentes en la historia de la guerra, que pondría a la isla de rodillas. El objetivo del dictador alemán era causar tal nivel de miedo en la población británica que éstos le exigirían a Winston Churchill, el primer ministro del Reino Unido, la rendición frente al monstruo imposible de derrotar. Confiaba en que los británicos habían visto ya de lo que era capaz la maquinaria de guerra nazi, después de haber avasallado sin la menor resistencia a países como Polonia, Bélgica, Holanda o Francia. Hitler quería en sus manos a la isla británica, pero no quería una guerra total contra los británicos. Diferentes fuentes han reportado el respeto, y hasta miedo, que le tenía a la historia guerrera de esa nación. El monstruo que dirigía la fuerza aérea alemana, haciendo gala de toda la soberbia que lo caracterizaba, le prometió a su jefe que la isla estaría doblegada en 4 días. El 13 de agosto de 1940 Hermann Göring ordenó el inicio del operativo llamado “Aldertag” (el día del águila). 949 bombarderos, 336 “dive-bombers” y 1,002 aviones escolta estaban listos en la costa francesa para iniciar el ataque, que fue pospuesto hasta el 16 por el clima. A partir de ese día inició una brutal campaña contra objetivos militares, que en un mes se convertiría en una diaria pesadilla nocturna contra objetivos civiles, que llenaba a Londres y otras ciudades de bombas, incendios y muerte. Cada noche, durante meses, los británicos vivieron noches de infierno que iniciaban con sirenas, el zumbido de los motores de los aviones, el miedo de que una bomba podía caer prácticamente en cualquier lugar de la ciudad, el refugio en los resguardos anti bomba, la caída de miles de bombas en sus casas, para luego salir y ver la destrucción y la muerte. Un día tras otro, sin parar. Los 4 días que Göring prometió se convirtieron en meses, y los británicos jamás cedieron. Cada que amanecía, la gente salía a la calle, apagaba los fuegos, recogía los escombros, a sus muertos, se ocupaba de los heridos, y trataba de vivir su vida, en medio de esa inhumana locura. “El Blitz”, como se le conoció a este infierno que duró meses, falló, contra todos los pronósticos. Hitler decidió posponer la invasión por mar a la isla, y volteó su mirada a la Unión Soviética. Esta decisión no sólo salvó para siempre a los británicos, sino que fue el inicio de la derrota de la terrible maquinaria de guerra nazi. 

Esta proeza humana del pueblo británico fue encabezada por un gran líder político que le recordaba todos los días a su pueblo dos cosas: tenemos que pelear y tenemos que resistir, sobrevivir a costa de lo que sea. De eso se trataba, de sobrevivir, pero no sentados esperando la muerte. Sobrevivir peleando, de pie, con la cara en alto, frente a la gran amenaza, sin miedo, desafiando la muerte y a las posibilidades. 

No creo exagerar cuando digo que la nación mexicana está hoy frente a uno de los retos más grandes de su historia. Nuestro Blitz. Hay un enemigo que quiere acabar con nuestra vida, nuestra salud física y mental, nuestra economía, nuestras comunidades, nuestra paz y nuestra organización política. Es el peor tipo de enemigo, porque no tiene cara ni podemos verlo. Se esconde en una bolsa del súper o en el aire que respiramos. No sólo ha provocado ya cientos de miles de muertes en nuestro país, sino que ha provocado algo peor: el terror permanente a la muerte, que puede estar en cualquier lado. 

Lo resentimos los adultos de mil maneras, pero también nuestros jóvenes y niños. Durante meses creímos que sería un simple obstáculo a nuestra vida cotidiana. Es decir, pensamos que todo pasaría en 4 semanas, para luego regresar a lo nuestro. Pero estamos por cumplir un año y el bicho no se va, no mejora  la epidemia y no vemos cómo carajos podremos poner un alto a este reto que vive nuestro país. 

Así me imagino al pueblo británico, noche tras noche, escondidos en los refugios antibomba, escuchando impotentes las detonaciones, sin nada que hacer, para luego salir y enterarse de las terribles noticias. Me los imagino en la mañana caminando por las calles, haciendo el nuevo recuento del desastre, y repartiendo pésames. Los imagino pensando que esta pesadilla nunca acabaría. Los imagino impotentes mentándole la madre a su gobierno que era incapaz de protegerlos y cuidarlos. Pero los imagino después ayudando con los escombros, y repartiéndose entre ellos comida, medicinas y ropa. Los imagino dando alojo a los que habían perdido su hogar. Los imagino enlistándose en las reservas para pelear por su país. Los imagino organizándose para tener cada uno una tarea para la eventual invasión alemana. Los imagino llenos de miedo, pero llenos de convicción de que saldrían adelante. Los imagino y pienso en nosotros, los mexicanos, que una y otra vez hemos salido de cosas terribles. Todas las familias de México hemos tenido dramas terribles, y aquí estamos, riendo de la tragedia y hasta de la muerte. Llenos de miedo y desesperación, pero muy lejos de estar vencidos. Estamos en el punto más difícil: ya pasó demasiado tiempo y no parece ceder. Pero va a pasar. Va a acabar. Y vamos a resistir. Vamos a prevalecer. Las cicatrices serán profundas. Lo fueron para los británicos. Pero las lecciones serán enormes. Finalmente sabremos que somos mucho mas resilientes de lo que creemos, y estaremos listos para recoger los escombros y reconstruir a nuestro país, para convertirlo en la potencia que sabemos puede ser. Estoy seguro, y estoy listo. 

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